La inseguridad ganó otra batalla en Arequipa y es que en la madrugada del 2 de noviembre. Disparos de arma de fuego rompieron el ritmo de la música en un ambiente del «Campo Deportivo El Progreso», en el Pueblo Joven Progreso, de Chala, en Caravelí. Unos sicarios decidieron quién vivía y quién moría en ese lugar. La violencia, una vez más, extendió sin esfuerzo su territorio.
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Mientras Luis Huamantoma perdía la vida en el frío piso del local. Los asesinos aprovecharon la noche y la conmoción para escapar. No llevaron solo sus armas; se llevaron la paz de una comunidad y reforzaron la idea lacerante de que cualquier lugar es vulnerable.

RECOGEN EVIDENCIAS
Al amanecer, la escena era un recordatorio macabro. La fiscalía dispuso el aislamiento del área y pidió refuerzos periciales desde Arequipa. La DIVINCRI recogió los casquillos vacíos que delataban la saña del ataque. Encontraron también una cacerina, un accesorio que habla de preparación y de una capacidad de fuego letal que se repite en cada noticia.
La violencia no se contenta con un solo golpe. Giovani Maldonado quien acompañaba al occiso lucha por su vida en un hospital de Nazca, con balas alojadas en su tórax y piernas. Su supervivencia es un acto de resistencia contra la misma fuerza que siembra pánico.
SECRETO DE LAS COMUNICACIONES
La respuesta institucional se activa: necropsia, levantamiento de declaraciones y el rastreo de cámaras de seguridad. La fiscalía incluso solicitará levantar el secreto de las comunicaciones del teléfono del occiso, una carrera contrarreloj para encontrar pistas que el crimen se encargó de borrar.

Pero los procedimientos no llenan el vacío que deja la ausencia. La balacera en el «Campo Deportivo» no es un hecho aislado; es un capítulo más en una larga serie de crímenes en Caravelí. Muestra que la inseguridad no solo gana terreno en las calles, sino también en la psiquis colectiva. La gente ahora calcula riesgos al salir, mira sobre el hombro y siente que la normalidad es un lujo del pasado.


